viernes, 9 de julio de 2010

Es el recuerdo de alguna cosa bella.
Se singulariza por su pulcritud, por su toque suave, cuidado y profundo.
Cualquiera puede ensuciarlo y hacerle perder esa lealtad que le envuelve, esta claridad que nos arropa.
Es un recuerdo y recordar supone revivir, gustar de nuevo, en su totalidad, con su dulzura y con las tensiones que evoca; para acabar como la música en una paz serena, diáfana, que se eleva hasta perderse.
Comenzó lejano, apagado pero claro, como el surgir de algo nuevo que se va acercando, que va tomando cuerpo.
La armonía se sostuvo sin mezclas, sin que el acorde pudiera restarle nada, sino, más bien, ofrecerle un soporte, un ámbito que le permitiese moverse a su antojo.
Se introducen nuevas notas fluctuantes que se deslizan en nuestro conjunto, otras veces se separan para fundirse en un contraste que se resuelve en una intensidad que crece y decrece, son ráfagas de una nueva vida que se manifiesta y se esconde, y otra vez esa sensación de algo sumamente delicado vuelve a brotar.
Sigue acrecentándose poco a poco y hay un intento de romper los moldes, de salirse del arpegio que, sin que aparentemente me encierre, me va quitando la posibilidad de moverme.
Desde entonces se vuelve inestable, irregular, su versatilidad provoca mi desastre al tiempo que aumenta mi cadencia; pero a tu fuerza le sucede mi suavidad, a tu aspereza mi debilidad.
Nuevos contrastes cada vez más agitados se condensan en un tiempo que, despacio pero sin dejar hueco a que nos demos cuenta y encerrando en sí todo lo anterior, se va extinguiendo.
Tiene lugar casi una repetición, un volver a empezar que parece más lleno y que pronto cambia de tono; la idea del principio se encarna y toma cuerpo, se hace experiencia y pasa.
La intensidad varía, las frases se hacen más entrecortadas, las dos líneas de la melodía se van cediendo paso la una a la otra como entremezclándose, parece que quisieran apretarse sin dar tiempo a pensar, asfixiadas, dejando solo lugar al sentimiento. Es una lucha contra el tiempo, escapando de él, anulándolo casi, suprimiéndolo, se acaba.
Fue algo de ensueño, flaco, demasiado quebradizo para esta realidad que no lo comprende y en la que no cabe, quizá por eso no logramos hallar un lugar donde encontrarnos.
Ahora tiene un sabor nuevo, las dos líneas melódicas se entrecruzan de cuando en cuando, la una parece surgir de la otra para, de nuevo, sumergirse en ella; pero el efecto es únicamente el eco que va apagándose.
Por encima del tiempo se hallarán elevadas, sin tensiones, y así, cerrando esta parte, e introduciéndonos en ese pretexto por el que acordamos disolver el pálpito del sonido que nos exterminaba, solo quedará la repercusión del derrame de nuestras miradas.

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