miércoles, 16 de junio de 2010

En las 24 horas de mis días.
Hay veces que tenemos la suerte de vivir momentos de complicidad máxima; con personas, con el entorno que nos cerca abrazándonos, con el pavimento que pedalea ante nosotros anticipándonos la odisea, incluso con las paredes que nos encierran en nuestra propia trama, con la vida; esos instantes perecen tan apresuradamente como la gota de lluvia que cae, choca, y se unifica en la superficie con el resto de gotas que aglomeradas formarán el charco que descanse bajo la planta de nuestros pies y que se asemejan al resto de situaciones que acontecen sin inducirnos interés alguno; dicen que no se puede vivir aferrado a un tiempo transitorio que se desvanece y sin embargo, son esa clase de momentos, en las 24 horas de mis días, los que hacen que esto valga la pena.
Cuando los sueños permanecen sujetos a la misma cuerda que te ata a la osadía, que si el riesgo nos mata que no sea la cobardía, cuando los sentimientos ahogan a los pensamientos así como el mar lo hace con el cielo en la línea del horizonte que cada tarde me embelesa, cuando el silencio apaga el ruido como las líneas de tus manos se extinguen al anudarse con las mías, cuando el mundo es irreprochablemente impoluto y los corazones se vuelven arrítmicos, cuando el resto queda a mis espaldas y delante, en forma de eternidad, en ese tiempo breve, limitado y efímero que se deshidrata en pretensiones, se evapora en moléculas, se desmaya en el encanto y se difumina en sombras, solo estas tú.

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