Enterrando mi cuerpo en la cama, con su rostro en la mente me extiendo registrando los recuerdos de un pasado que en esta misma posición me preservan y me encierran en un sátiro sueño, sueño con sus formas en mi corazón escritas, por su levedad malditas y por este cuento sin final infinitas. Entretanto todo a mi alrededor parece dar vueltas, yo trato de esquivar el deseo pero se escabullen mis manos hacia donde el concepto tiene por costumbre convertirse en juego, y tanteando el respeto junto a las pretensiones de estar agarrada fuertemente a su pelo, este momento en el que el edredón se pone violento porque he dado con ella y sobre mí la encuentro, he pintado su boca y con la tinta que evoca otra vez me apetece, me acerco a su risa tan tenue, tan poca y algo en mí que no se como denominar se estremece; me embalo y resbalo entre las sábanas, me dejo envolver con mis dedos, me quejo y vuelvo a mirarme en el espejo, me prendo mientras me entretengo entre variantes resueltas y absueltas que señalan los ritmos del roce de su torso y las caricias que va dejando sobre mis huesos.
Con la delicadeza de cada uno de sus besos y la armonía con que bailan sus pinceles por mi espalda ahora convertida en lienzo me vuelvo a situar en las primeras líneas de todos los comienzos, donde se encuentran la mayoría de constantes y son pocas las restantes, y donde la resistencia a este calor y a este arranque apenas dura un pasaje, un instante. Así va pasando el tiempo y con el las ganas incesantes de tenerte dentro, aquí la anexión entre dos cuerpos establece un perfecto epicentro, si es el tuyo sobre el mío más vivo y lascivo me parece, más creo que esta tergiversación lo merece. Sueño con tenerte y sigo con el dorso de mis manos actuando, calando y agostando estas noches de relente en las que impulso y desdén ardientes sustituyen a mis palabras que por el sentir inquietante de tenerte en frente siempre estuvieron inacabadas, siempre ausentes.
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