No hables que no quiero irrumpir la retina de tu mirada, solo tus ojos de melancolía que me acorralan
libertad hallada en el granero de tus entrañas
estupor de mi desconcierto
aguardiente de mi empeño.
No menciones nada, no quiero los pies que te calzan, solo las huellas que dejas en mí marcadas
escaso sacramento que no cubre de apatía mis ganas
fuente de hiel y escarcha con que me agasajas
firmamento de huesos pretenciosos de atraco a dentelladas
humo de caricias que se esparce como viento sin alas.
Sigue sin articular palabra, no quiero urdir las líneas de tus manos, solo mis espasmos cuando me agarran
cáliz que roza filo a filo los suspiros de mi ánima
desasosiego de mis calambres
maremoto que me acobarda.
Quédate callada, en el vaivén que nos acompaña, en la dicha que nos empalma.
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