miércoles, 19 de mayo de 2010

Bajo lo oculto se desahogan las estrellas del cielo, y luego la noche desamparada que las envuelve, y sus centelleos casi despreciables se revelan en las cosas terrenales protegiéndonos de oscuridades adversas que provocan el miedo.
Esa luz que nos resulta inexplicable, inaccesible a nuestro tacto y que dejamos que se establezca lejana a nuestra presencia, se sumerge mezquina bajo la ropa en el más ciego de los silencios y en cada aliento entra exahusta en el cuerpo para desvanecerse junto a nuestro pálpito más interno, allí duerme a oscuras en nuestro sueño, duerme tenue y tranquila en el cerco de un silencio clandestino que también tiene miedo del resto de luces con las que convive.
Al conjunto de reflejos de nuestras luces se le abjudicó dos consonantes y una vocal que curiosamente nos abstrae de ese mismo sueño amaneciendo recio y cegador por el este de cada mañana.
Es la forma de las estrellas de abandonar en cada uno de nosotros el destello de su luz, permitiendo así que cada persona brille con luz propia.

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